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El AMOR-CAMARADERÍA

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El AMOR-CAMARADERÍA

Mensaje  pepo el Mar Jun 12, 2012 3:02 am


La nueva sociedad comunista está edificada sobre un principio de camaradería y solidaridad. Pero ¿qué es la solidaridad? No solamente debemos entender por solidaridad la conciencia de la comunidad de intereses; la solidaridad la constituyen también los lazos sentimentales y espirituales establecidos entre los miembros de una misma colectividad trabajadora. El régimen social edificado sobre principios de solidaridad y colaboración exige, sin embargo, que la sociedad en cuestión posea, desarrollada en alto grado, «la capacidad de potencial de amor», es decir, la capacidad para sensaciones de simpatía.
Si faltan estas sensaciones, el sentimiento de camaradería no puede consolidarse. Por esto intenta la ideología proletaria educar y reforzar en cada uno de los miembros de la clase obrera sentimientos de simpatía ante los sufrimientos y las necesidades de sus camaradas de clase. También tiende la ideología proletaria a comprender las aspiraciones de los demás y a desarrollar la conciencia de su unión con los otros miembros de la colectividad. Pero todas estas «sensaciones de simpatía», delicadeza, sensibilidad y simpatía se derivan de una fuente común: de la capacidad para amar, no de amar en un sentido puramente sexual, sino con un amor en el sentido más amplio de esta palabra.
El amor es un sentimiento que une a los individuos; podemos incluso decir que es un sentimiento de orden orgánico. La burguesía ha comprendido también toda la fuerza de unión entre los hombres que puede tener el amor, y, por lo tanto, procuraba sujetarlo bien a sus intereses. Por eso la ideología burguesa, al intentar consolidar la familia, recurre a la virtud moral del «amor entre esposos»; ser «un padre de familia» era a los ojos de la burguesía una de las más grandes y preciadas cualidades del hombre.
Por su parte, el proletariado debe considerar el papel social y psicológico del sentimiento de amor, tanto en el amplio sentido de la palabra como en lo referente a las relaciones entre los sexos, que puede y debe jugar para reforzar los lazos, no en el dominio de las relaciones matrimoniales y de la familia, sino los que contribuyen al desenvolvimiento de la solidaridad colectiva.
¿Cuál, pues, será el ideal de amor de la clase obrera? ¿En qué sentimientos tienen que basarse las relaciones sexuales en la ideología proletaria?
Hemos visto ya, mi joven camarada, cómo cada época de la historia posee su ideal de amor peculiar; hemos analizado cómo cada clase, en su propio interés, da a la noción moral del amor un determinado contenido. Cada grado de civilización trae a la Humanidad sensaciones intelectuales y morales más ricas en matices, que recubren de un color determinado las delicadas alas de Eros. La evolución en el desenvolvimiento de la economía y las costumbres sociales ha ido acompañada de modificaciones nuevas en el concepto del amor. Algunos matices de este sentimiento se reforzaban mientras otros disminuían o desaparecían totalmente.
El amor, en el transcurso de los siglos de existencia de la sociedad humana, evolucionaba desde ser un simple instinto biológico (el instinto de reproducción, común a todos los seres vivientes superiores o inferiores, divididos en dos sexos) y se enriquecía sin cesar con nuevas sensaciones psíquicas hasta convertirse en un sentimiento muy complicado.
De ser un fenómeno biológico pasó el amor a convertirse en un factor social y psicológico. El instinto biológico de reproducción, que en los primeros grados del desenvolvimiento de la humanidad determinó las relaciones entre los sexos, tomó bajo la presión de las fuerzas económicas y sociales dos sentidos diametralmente opuestos: de un lado, bajo la presión de relaciones económicas y sociales monstruosas, sobre todo bajo el yugo capitalista, el sano instinto sexual (la atracción de dos seres de sexo distinto basada en el instinto de reproducción) degeneró y se convirtió en malsana lujuria. El acto sexual se transformó en un fin en sí mismo, en un medio para lograr «mayor voluptuosidad», en una depravación exacerbada por los excesos, las perversiones y los malsanos aguijonazos de la carne. Buscaba el hombre a la mujer, no impulsado por una sana corriente sexual que le empujase con todo su ímpetu hacia una mujer; el hombre «buscaba» a la mujer sin experimentar ninguna necesidad sexual, y la buscaba con el único fin de provocar esta necesidad mediante la intimidad del contacto con la mujer. De este modo el hombre se procura una voluptuosidad con el hecho mismo del acto sexual. Si la intimidad del trato con la mujer no provoca en el hombre la excitación esperada, los hombres estragados por los excesos sexuales recurren a toda clase de aberraciones.
Es ésta una desviación del instinto biológico en una lujuria malsana que hace que se aleje de su fuente primitiva.
La atracción física entre los sexos se complica, por otro lado, en el transcurso de los siglos de vida social de la Humanidad y de las diversas civilizaciones, y adquiere toda una gama de diversos matices y sentimientos. El amor es un estado psicológico muy complejo, en su forma actual, que desde hace mucho tiempo se desprendió por completo de su fuente originaria, el instinto biológico de reproducción, y que en muchos casos llega a contradecirse con él. Es el amor un conglomerado de sentimientos diversos: ternura espiritual, pasión, inclinación, lástima, costumbres, etc. Es difícil, pues, ante tan gran complejidad, establecer un lazo de unión directo entre el «Eros sin alas» (atracción física entre los sexos) y el «Eros de alas desplegadas» (atracción psíquica).
El amor-amistad, en el que no es posible encontrar ni un átomo de atracción física; el amor espiritual, sentido por la causa, por la idea; el impersonal hacia una colectividad, son sentimientos que demuestran claramente hasta qué punto se ha idealizado y se ha alejado de su base biológica el sentido de amor. Pero aún el problema se complica mucho más. Surge con gran frecuencia una flagrante contradicción entre las diversas manifestaciones del amor, y comienza la lucha. El amor sentido por la «causa amada» (no el amor sentido simplemente por la causa, sino por la causa amada) no concuerda con el amor sentido por el elegido o elegida del corazón, amor por la mujer, el marido o los hijos. El amor-amistad se encuentra en contradicción con el amor-pasión. En un caso el amor está dominado por la armonía psíquica; en el otro, tiene por base «la armonía del cuerpo». Se ha revestido el amor de múltiples aspectos. Desde el punto de vista de las emociones de amor, el hombre de nuestra época, en el cual han hecho los siglos de evolución cultural que se eduquen y desarrollen los diferentes matices de este sentimiento, se siente como a disgusto en el significado demasiado vago y general del sentido de la palabra amor.
La multiplicidad del sentimiento de amor, bajo el yugo de la ideología y costumbre capitalista, crea una serie de dolorosos e insolubles dramas morales. Desde fines del siglo XIX los psicólogos y escritores empezaron a tratar como tema favorito la multiplicidad del sentimiento de amor. Los representantes reflexivos de la cultura burguesa empezaron a sentir desconcierto e inquietud ante aquel «enigma» del «amor por dos y hasta por tres seres». H. A. Herzen, nuestro gran pensador y publicista del pasado siglo, intentó encontrar una solución a esta complejidad del alma humana, a este desdoblamiento de sentimientos, en su novela titulada ¿De quién es la culpa? También Chernichevski intentó encontrar la solución a este problema en la novela social ¿Qué hacer? El desdoblamiento del sentimiento de amor, su multiplicidad, ha preocupado a los más grandes escritores de Escandinavia, tales como Hansen, Ibsen, Bernsen y Heiderstam.
También se han ocupado de este tema los literatos franceses del pasado siglo. Romain Rolland, escritor que simpatiza con el comunismo, y Maeterlinck, que no puede encontrarse más alejado de nuestros ideales, han tratado igualmente de encontrar la solución a éste problema. Los genios poéticos como Goethe, Byron y George Sand, este último uno de los pioneros más ardientes del dominio de las relaciones entre los sexos, han intentado resolver este problema complicado en la práctica, este «enigma del amor». Herzen, el autor del libro antes citado, lo mismo que otros pensadores, poetas y hombres de Estado, se han dado cuenta a la luz de su propia experiencia del terrible problema. Pero bajo el peso del «enigma de la dualidad de sentimientos de amor» también se doblegan los hombres que no son «grandes» en modo alguno, pero que en vano buscan la clave de la solución del problema dentro de los límites impuestos por el pensamiento burgués. La solución del problema está en manos del proletariado precisamente. Pertenece a la ideología y al nuevo género de vida de la Humanidad trabajadora la solución de este problema.
No debemos confundir esta dualidad con las relaciones sexuales de un hombre con varias mujeres, o de una mujer con varios hombres, cuando hablamos de la dualidad del sentimiento de amor, de las complejidades del «Eros de alas desplegadas». La poligamia, en la que no se da el sentimiento de amor, puede ser causa de consecuencias nefastas (agotamiento precoz del organismo, mayor facilidad para contraer enfermedades venéreas, etc); pero estas uniones no crean «dramas morales». Los conflictos, los «dramas» surgen cuando nos encontramos en presencia del amor con todas sus manifestaciones y matices diversos.
Puede una mujer amar a un hombre «por su espíritu» solamente si sus pensamientos, sus deseos y sus aspiraciones armonizan con los suyos, y al mismo tiempo puede sentirse arrastrada por la poderosa atracción física a otro hombre. Lo mismo que la mujer puede el hombre experimentar un sentimiento de ternura lleno de consideraciones, de compasión llena de solicitud por una mujer, mientras en otra encuentra su apoyo y la comprensión de las más altas y mejores aspiraciones de su «yo». ¿A cuál de estas dos mujeres deberá entregar la plenitud de «Eros»? ¿Tendrá necesariamente que mutilar su alma y arrancarse uno de estos sentimientos cuando sólo puede adquirir la plenitud de su ser con el mantenimiento de estos dos lazos de amor?
El desdoblamiento del alma y del sentimiento lleva consigo inevitables sufrimientos bajo el régimen burgués. La ideología basada en el instinto de propiedad ha inculcado al hombre durante siglos y siglos que todo sentimiento de amor debe estar fundamentado en un principio de propiedad.
Ha grabado la ideología burguesa en la cabeza de los hombres la idea de que el amor da derecho a poseer enteramente, y sin compartirlo con nadie, el corazón del ser amado. Este ideal, esta exclusividad en el sentimiento de amor era la consecuencia natural de la fórmula establecida del matrimonio indisoluble del ideal burgués de «amor absorbente» entre los esposos. Pero ¿puede un ideal de esta clase responder a los intereses de la clase obrera? Desde el punto de vista de la ideología proletaria es mucho más importante y deseable que las sensaciones de los hombres se enriquezcan cada vez con mayor contenido y sean más diversas. La multiplicidad del alma constituye un hecho precisamente que facilita la educación y el desarrollo de los lazos del espíritu y del corazón, mediante los cuales se consolidará la colectividad trabajadora. Cuanto más numerosos son los hilos tendidos entre las almas, entre las inteligencias y los corazones, más solidez adquiere el espíritu de solidaridad y con más facilidad puede realizarse el ideal de la clase obrera: camaradería y unión.
No pueden constituir «la absorción» y el exclusivismo en el sentimiento de amor el ideal del amor determinante de las relaciones entre los sexos, desde el punto de vista de la ideología proletaria. Todo lo contrario. Al darse cuenta de la multiplicidad del «Eros de las alas desplegadas», el proletariado no se asusta en absoluto de este descubrimiento ni experimenta tampoco indignación moral como lo aparenta la hipocresía burguesa. En cambio, el proletariado trata de dar a este fenómeno (que es el resultado de complicadas causas sociales) una dirección que sirva a sus fines de clase en el momento de la lucha y de la edificación de la sociedad comunista. ¿La multiplicidad del amor en sí misma estará acaso en contradicción con los intereses del proletariado? Todo lo contrario: esta multiplicidad del sentimiento de amor en las relaciones entre los sexos facilita el triunfo del ideal dé amor que se forma y cristaliza ya en el seno mismo de la clase obrera: el amorcamaradería.
La Humanidad del patriarcado se presentó el amor como el cariño entre los miembros de una familia (amor entre hermanos y hermanas, entre los hijos y los padres). El mundo antiguo anteponía el amor-amistad a todo otro sentimiento. El mundo feudal hacía su ideal de amor al amor «espiritual» del caballero, amor independiente del matrimonio y que no llevaba consigo la satisfacción de la carne. El ideal de amor de la sociedad burguesa era el amor de una pareja unida con un sentimiento legítimo.
El ideal de amor de la clase obrera está basado en la solidaridad de espíritu y de la voluntad de todos los miembros, hombres y mujeres, en la colaboración en el trabajo, y por lo tanto, se distingue de un modo absoluto de la noción que del amor tenían las otras épocas de civilización. ¿Qué es, pues, el «amor-camaradería»? ¿Querrá decir todo esto que la ideología severa de la clase obrera, forjada en una atmósfera de lucha para el triunfo de la dictadura del proletariado, se dispone a arrojar al delicado Eros alado de un modo despiadado? De ningún modo. La ideología de la clase obrera no puede desplazar al «Eros de las alas desplegadas». Más bien todo lo contrario; es decir, como fuerza social y psíquica, prepara el reconocimiento del sentimiento de amor.
La hipócrita moral de la cultura burguesa, que obligaba al dios Eros a no visitar más que a la «pareja unida legalmente», le arrancaba sin piedad las plumas más bellas de sus alas de brillantes colores. Para la ideología burguesa, fuera del matrimonio no podía existir más que el Eros sin alas, el Eros despojado de sus plumas de vivos colores; la atracción pasajera entre los sexos bajo la forma de caricias robadas (adulterio) o de caricias compradas (prostitución).
Por el contrario, la moral de la clase obrera rechaza francamente la forma exterior que establece las relaciones de amor entre los sexos.
Es completamente igual para el logro de las tareas del proletariado que el amor tome la forma de una unión estable o que no tenga más importancia que la de una unión pasajera. La ideología de la clase obrera no puede fijar límites formales al amor. Esta ideología, por el contrario, empieza a sentir inquietud por el contenido del amor, por los lazos de emociones y sentimientos que unen a los dos sexos. Por eso en este sentido tiene la ideología proletaria que perseguir al «.Eros sin alas» (lujuria, satisfacción única de los deseos carnales por si mismo, lo que hace de él un «placer sexual» con un fin en si mismo, lo que hace de él un «placer fácil», etc.) más implacablemente que lo hacía la moral burguesa. El «Eros sin alas» se contradice con los intereses de la clase obrera. Este amor supone, en primer lugar, inevitablemente los excesos y el agotamiento físico, lo que contribuye a que disminuya la reserva de energía de la Humanidad. En segundo término, el «Eros sin alas» empobrece el alma, porque impide el desenvolvimiento de sensaciones de simpatía y de lazos psíquicos entre los seres humanos. En tercer lugar, tiene por base este amor la desigualdad de derechos entre los sexos en las relaciones sexuales; esto es, está fundado en la dependencia de la mujer con relación al hombre, en la insensibilidad o fatuidad del hombre; todo lo cual necesariamente ahoga toda posibilidad de experimentar un sentimiento de camaradería. Es completamente distinta, en cambio, la acción ejercida sobre los seres humanos por el «Eros de alas desplegadas».
Lo mismo que en el «Eros sin alas», es indudable que no se manifiestan sólo en las relaciones con el objeto de amor físico entre los sexos. La diferencia consiste precisamente en que en el ser movido por sentimientos de amor que le empujan hacia otro ser se manifiestan y despiertan justamente aquellas cualidades del alma necesarias a los constructores de la nueva cultura: delicadeza, sensibilidad y deseo de ser útil a otro. En cambio, la ideología burguesa exige que el hombre o la mujer no hagan gala de estas cualidades más que en presencia del elegido o elegida; esto es, en sus relaciones con un solo hombre o con una sola mujer. Para la ideología proletaria, lo más importante es que estas cualidades se despierten, se eduquen y se desarrollen en todos los hombres, y, por tanto, que no se manifiesten sólo en las relaciones con el objeto amado, sino en las relaciones con todos los demás miembros de la colectividad.
No tienen importancia, en realidad, para el proletariado los matices y sentimientos predominantes en el «Eros de alas desplegadas»; se siente indiferente el proletariado ante los tonos delicados del complejo amoroso, ante los colores encendidos de la pasión o ante la armonía del espíritu. Lo que únicamente le interesa es que en todos los sentimientos y manifestaciones de amor existan los elementos psíquicos que desarrollen el sentimiento de camaradería.
El ideal de amor-camaradería forjado por la ideología proletaria para substituir al «exclusivo» y «absorbente» amor conyugal de la moral burguesa está fundado en el reconocimiento de derechos recíprocos, en el arte de saber respetar, incluso en el amor, la personalidad de otro, en un firme apoyo mutuo y en la comunidad de colectivas aspiraciones.
El amor-camaradería es el ideal necesario al proletariado en los períodos difíciles de grandes responsabilidades, en los que lucha para el establecimiento de su dictadura o para fortalecer su mantenimiento. No obstante, cuando el proletariado haya triunfado totalmente y sea ya un hecho la sociedad comunista, el amor, el «Eros de alas desplegadas» revestirá un aspecto diferente por completo del que tiene actualmente, se presentará en una forma totalmente distinta, adquirirá un aspecto completamente desconocido hasta ahora por los hombres. Entre los miembros de la nueva sociedad se habrán desarrollado y fortalecido los «lazos de simpatía», «la capacidad para amar» será mucho mayor y se convertirá en «animador» el amor-camaradería, papel que en la sociedad burguesa estaba reservado al principio de concurrencia y al egoísmo. El colectivismo del espíritu y de la voluntad triunfarán sobre el individualismo que se bastaba a sí mismo. Desaparecerá el «frío de la soledad moral», de la que en el régimen burgués intentaban escapar los hombres refugiándose en el amor o en el matrimonio; los hombres quedarán unidos entre sí por innumerables lazos psíquicos y sentimentales. Se modificarán los sentimientos de los hombres en el sentido de los intereses cada vez más grandes hacia la cosa pública. La desigualdad entre los sexos y todas las formas de dependencia de la mujer con relación al hombre desaparecerán en el olvido sin dejar el menor rastro.
Eros, el dios del amor, ocupará un puesto de honor como sentimiento capaz de enriquecer la felicidad humana en esta nueva sociedad, colectivista por su espíritu y sus emociones, caracterizada por la unión feliz y las relaciones fraternales entre los miembros de la colectividad trabajadora y creadora. ¿Cómo se transfigurará este Eros? Ni la más creadora fantasía puede imaginárselo. Lo únicamente indiscutible es que cuanto más unida esté la Humanidad por los lazos duraderos de la solidaridad, más unida íntimamente estará en todos los aspectos de la vida, de las relaciones mutuas o de la creación. Por consiguiente, tanto menos lugar quedará para el amor en el sentido contemporáneo de la palabra.
El amor peca siempre, en nuestros tiempos, por un exceso de absorción de todos los sentimientos, de todos los pensamientos entre dos «corazones que se aman», y que, por lo mismo, aíslan y separan a la pareja amante del resto de la colectividad. Este aislamiento moral, este apartamiento de la «pareja amorosa» no sólo será completamente inútil, sino que psicológicamente será imposible en una sociedad en que estén íntimamente unidos los intereses, las aspiraciones y las tareas de todos los miembros de la colectividad. En ese mundo nuevo la forma normal, reconocida y deseable de las relaciones entre los sexos estará basada puramente en la atracción sana, libre y natural «sin perversiones ni excesos» de los sexos; las relaciones sexuales de los hombres en la nueva sociedad estarán determinadas por el «Eros transfigurado».
Pero actualmente nos encontramos en el recodo donde se cruzan dos civilizaciones: la civilización proletaria y la civilización burguesa. En este período de transición, en el que estos dos mundos luchan encarnizadamente en todos los frentes, incluso en el frente ideológico, el proletario está muy interesado en lograr por todos los medios a su alcance la más rápida acumulación posible de «sensaciones o sentimientos de simpatía». En este período de transición la idea moral que determina las relaciones entre los sexos no puede ser el brutal instinto sexual, sino las múltiples sensaciones del amor-camaradería experimentadas por hombres y mujeres. Es necesario, para que estas sensaciones correspondan a la nueva moral proletaria en formación, que estén basadas en los tres postulados siguientes :
1° Igualdad en las relaciones mutuas (es decir, desaparición de la suficiencia masculina y de la sumisión servil de la individualidad de la mujer al amor).
2° Mutuo y recíproco reconocimiento de sus derechos, sin pretender ninguno de los seres unidos por relaciones de amor la posesión absoluta del corazón y el alma del ser amado. (Desaparición del sentimiento de propiedad fomentado por la civilización burguesa.)
3° Sensibilidad fraternal: el arte de asimilarse y comprender el trabajo psíquico que en el alma del ser amado se efectúa. (La civilización burguesa sólo exigía que la mujer poseyese en el amor esta sensibilidad.)
Pero aunque la ideología de la clase obrera proclame los derechos del «Eros de alas desplegadas» (del amor), subordina al mismo tiempo el amor que los miembros de* la colectividad trabajadora sienten entre sí a otro sentimiento mucho más poderoso, un sentimiento de deber con la colectividad. Por muy grande que sea el amor que una a dos individuos de sexos diferentes, por muchos que sean los vínculos que unan sus corazones y sus almas, tienen que ser mucho más fuertes, más orgánicos y numerosos los lazos que los unan a la colectividad. «Todo para el hombre amado», proclama la moral burguesa. «Todo para la colectividad», determina la moral proletaria. Ahora te oigo argumentar, mi joven camarada: Concedido, como afirmas, que las relaciones de amor basadas en el espíritu de fraternidad se conviertan en el ideal de la clase obrera. Mas, ¿no pesará demasiado este ideal, esta «medida moral» del amor sobre los sentimientos amorosos? ¿No pudiera ocurrir que este ideal destroce y mutile las delicadas alas del «suspicaz-Eros» ? Hemos liberado al amor de las cadenas de la moral burguesa; pero, ¿no le crearemos tal vez otras? Mi joven camarada, tienes razón. Al rechazar la «moral» burguesa en el dominio de las relaciones matrimoniales, la ideología proletaria se forja inevitablemente su propia moral de clase, sus nuevas y reglamentadoras normas de las relaciones entre los sexos, que corresponden mejor a las tareas de la clase obrera, que sirven para educar los sentimientos de sus miembros y que, por lo tanto, constituyen hasta cierto punto cadenas que aprisionan el sentimiento de amor. Es indudable que el proletariado arrancará irremisiblemente muchas plumas de las alas del delicado Eros, si hablamos del amor patrocinado por la ideología burguesa, tal y como se lo representa aquella ideología. Pero lo que no se puede hacer, porque significa no darse cuenta del porvenir, es lamentarse de que la clase obrera imprima su sello en las relaciones sexuales con el fin de lograr que el sentimiento de amor corresponda con sus tareas de clase. Es evidente que en vez de las viejas plumas arrancadas a las alas de Eros, la clase ascendente de la Humanidad hará que le crezcan otras de una belleza, brillo y fuerza desconocidos hasta ahora. No olvides, joven camarada, que el amor cambia de aspecto y se transforma de una manera inevitable a la vez que cambian las bases culturales y económicas de la sociedad.
Si conseguimos que de las relaciones de amor desaparezca el ciego, el absorbente y exigente sentimiento pasional; si desaparece también el sentimiento de propiedad, lo mismo que el deseo egoísta de «unirse para siempre al ser amado»; si logramos que desaparezca la fatalidad del hombre y que la mujer no renuncie criminalmente a su «yo», no cabe duda que la desaparición de todos estos sentimientos hará que se desarrollen otros preciosos elementos para el amor. Así se desarrollará y aumentará el respeto hacia la personalidad de otro, lo mismo que se perfeccionará el arte de contar con los derechos de los demás; se educará la sensibilidad recíproca y se desarrollará enormemente la tendencia de manifestar el amor no solamente con besos y abrazos, sino también con una unidad de acción y de voluntad en la creación común.
No es, pues, la tarea de la ideología proletaria separar al «Eros alado» de sus relaciones sociales. Consiste simplemente en llenar su carcaj con nuevas flechas; en hacer que se desarrolle el sentimiento de amor entre los sexos basado en la más poderosa fuerza psíquica nueva: la solidaridad fraternal.
Joven camarada, espero que ahora verás claramente que el hecho de que el problema del amor despierte un interés tan extraordinario entre la juventud trabajadora no es síntoma de «decadencia» en modo alguno. Creo que ahora podrás encontrar por ti mismo el lugar que debe corresponder al amor, tanto en la ideología del proletariado como en la vida diaria de la juventud trabajadora.

*Alejandra Kollontai
Carta a la Juventud Obrera, de 1921 o El amor en la sociedad comunista
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Re: El AMOR-CAMARADERÍA

Mensaje  Kaban el Jue Jun 14, 2012 4:05 pm

Ay!, Como me gusto!!

La secuencia de la concepción burguesa del amor (egoísta, monogamica, desigual)
VS
La nueva concepción del amor por parte de la mayoría de los humanos hoy parados en el mundo, los proletarios, haciendo fuerza por un amor mas puro, mas general y abarcativo en cuanto a numero de lazos entre seres.

QUE ME AME EL KIOSQUERO QUE NO ME CONOCE!
QUE ME AME MI PORTERO!
AMÉMONOS TODOS!!!!

y cambiemos esta mierda de hipocresía burguesa/capitalista que hace del amor, un medio mas de control de masas...
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Kaban
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